¿Qué tanto?


La voluntad de echarle la culpa al río es cosa vieja que se replica en gente nueva y así se va sentando la base que hará que un día, cuando ya la ínsula sea oficialmente la casa de putas que siempre ha sido pero sin los chulos de hoy, se hable de la crápula dirigente de la reinvolución como ángeles caídos del cielo y de estos tiempos como los mejores que gozó el platanal.

De eso se encargan desde ya gente como Decemer, que va por el mundo llorando miseria y magicamente trabajando para que las culpas aquellas caigan lo más lejos posible de los culpables. Como el pueblo llano, de veras quien se ha jamado el cable sin jugo alguno, para plasmar su memoria tiene que pasar por los intelectuales dados a doblar la rodilla ante el señor, la historia será así de simple. Preparemonos para que dentro de cincuenta años surjan partidos inspirados en las glorias del sátrapa o de su hermano el general.

Y es una bobería pero hay que preguntárselo porque de ahí puede que en algún momento salga la reflexión y, quien sabe, la respuesta, ¿Qué tan bajo se está dispuesto a caer por ganar un espacio en esa tribuna dónde solo hay lugar para alabar a la causa verdadera de todas nuestras desgracias?


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