PENA entera de una nación.

¿Quien fue Laura Pollan?,' tal vez un nombre más entre los tantos, dados a la difamación, parte de ese ente, abstracto para algunos, real, vívido, palpitante, que es la isla en su historia. Para otros, la disidencia en Cuba, aquella hueste que en respaldo de los ausentes que por cárcel o destierro, representan las muchas, en pos de que no exista olvido o desvío alguno.

Laura fue, es, me atrevo a decir, presencia. Una mujer que capaz de poner en jaque  a las "fuerzas del orden", a todos esos que hoy, puede, estén creyéndose seguros y tranquilos, en medio de una oficina de Villa Marista, porque la líder de las Damas de blanco, aquellas, que supieron doblegar el consciente poder de un gobierno, ya no respira. Pero como pueblo, masa, unión de gentes en humano auxilio e igual esperanza no podemos, como deber, ponérselas fáciles en horas de duelo.

Queda detrás pero adelante, Berta, negra irredenta, pueblo, mujer,  de esas que guarda en su sangre la batalla que los menos favorecidos de Cayo Hueso, Belén, Colon y otros barrios de  la nación entera ganen el ser considerados iguales, una necesidad que rebasa raza y se extiende a todos, a Cuba entera, cueste lo que cueste, venga lo que venga. Las Damas de blanco quedan, están ahí, marchando calladas por una avenida de La Habana en un grito único, demasiado cerca del poder, demasiado en el centro de esa ciudad, diapasón del país, de la nacionalidad, de la nación.

Queda discernir si este, o el otro, o si el de más allá proveyó, hizo, adelanto el fin de esta insigne cubana, porque las grandes gentes, fueran esto o lo otro, ganan gloria merecida con el sacrificio, no con lo que fueron en carne y menos en sangre. Por eso, hoy, desde un rincón del exilio; Laura Pollan, con su fuerza de mujer, de madre, de esposa, supo sembrar la simiente eterna de gallardía, que los discursos, los acápites y las prebendas de una dictadura no podrán acallar, Laura supo poner, junto a todas sus compañeras, contra la pared de la vergüenza a una de las dictaduras más cruentas y veraces de nuestra historia.

Quede con ella la paz. Y la inconmensurable gratitud, anónima o consciente de aquellos que saben que con su figura, se abre el camino, cierto de futuro en el que Cuba, como nación, deberá fundar su devenir.

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