EL MIEDO de ellos


 Mientras el carcamal mayor de la patria se va de reflexión, por los barrios de La Habana Silvio canta y se presta a lo que sea. Todo bien, sus canciones sirven de telón de fondo para que los convocados espontáneos por la seguridad griten como posesos frente a la casa de Laura Pollan y zamarreen a un grupo de mujeres que con su actitud de no cejar tiene en jaque a todo un gobierno. La televisión pasa y pasa documentales donde se mezclan temores añejos y planes arcaicos de desestabilizar lo inestable surgidos de todas las latitudes posibles, acciones simples y concretas que en las oficinas de los mandamases se tienen como campañas millonarias hechas para destronar regentes y cambiar sistemas justos y que supuestamente gozan de amplio respaldo entre los gobernados.

A la hora de la verdad nadie habla, todos los paladines del régimen se agachan y esperan porqué camaleones sobran. En la calle la vida diaria, -una vida enrarecida sistemáticamente y cada vez más difícil por decreto- pugna por mantenerse y resolver de alguna manera lo básico para el día a día fuera de toda la verborrea que llama, como siempre, a una resistencia vacía. A una lucha interminable contra los nuevos enemigos que se escudan ahora detrás de los cables y las pantallas de la red internacional de información donde el gobierno identifica  a un enemigo poderoso al que hay que derrotar sea como sea.

Y es que en Internet no existen reglas y por eso escapa a todos los controles. Allí se ventilan las verdades y los supuestos dentro de esa gran mitología que ha generado la dictadura y que le es lesiva en extremo si tenemos en cuenta que el poder en la isla siempre ha apelado al olvido como forma de tapar sus fracasos de estruendo, repetidos los mismos una y otra vez durante este medio siglo. Miles de reveses a convertir en victorias,  pírricas en extremo pero victorias al fin para los de arriba que gozan de la prebenda y el mando cómodo que da la corrupción como medio de vida, aquellos que nunca se cuentan entre las bajas que vienen a ser los persistentes condenados que compone al resto.

Por eso se puede condenar la intervención en Libia pues que un dictador mande a su ejercito a masacrar civiles no tiene mayor importancia, la masa es la parte descartable de toda ecuación totalitaria. La dictadura lejos de unir separa, estigmatiza, ensucia. Apela a calificativos cruentos y a maniobras de vejación probada sabiendo que si en el inconsciente colectivo logra mutar de categoría a un individuo, rebajándolo al nivel de un simple insecto tiene la batalla ganada, es fácil destruirlo, anularlo y eliminar esa amenaza pensante que reta en un país donde todos deben ser mudos y fieles. Por eso y otras tantas cosas odia Internet pues allí, entre esa maraña de servidores y cables el hombre simple tiene un espacio y en ese espacio voz, voluntad, opinión, libertades, que vienen siendo a las finales el verdadero generador del miedo y del peligro que la red implica.

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