En mi bodega, cuando venían los mandados a principios de mes se armaban tremendas colas, se veía que la gente no tenia otro escape que lo que les vendía el estado y aunque en la plaza de Belén, a tres cuadras funcionaba un agromercado comprar cualquier cosa allí era carisimo y en el barrio, con los muelles parados hacia años y con la fiana en la cabeza tol día no había manera de inventar mucho.

Lo que más pena me daban eran los viejos. Muchos vivían solos y los pocos familiares que tenían se piraron en el 94. Se les podía ver a medio vestir con ropa sucia y descompuesta siempre parados en la esquina de la bodega esperando sin hablar que la cosa se calmara para poder coger algo, no se acercaban mucho pues las primeras de la cola eran siempre unas negronas gordas y fuertonas, bien bisneras que se pasaban los turnos y metían el pie a full para salir rápido. El bodeguero, Tómasito, era tremendo descaraò, revendedor a matarse y un facharín de campeaonato en la pesa y aquella vez, cuando la cola ya estaba armada y había tremenda molotera empezó a sacar unas cajas de cartón por la puerta de la trastienda que quedaba al lado de la cortina de la bodega y a montarlas en una carretilla. Para su mala suerte una de las cajas se le desfondo en medio del acarreo y de ella salieron un cojonal de paquetes de café que se rompieron en la acera.

Fue una viejita que vivía en Habana con Paula la que advirtió al resto de la gente de que el gordo estaba llevándose el café y en dos minutos se formo una corre corre de gente que le termino por quitar entre gritos y carterazos lo que quedaba en las cajas. Tómasito puso una cara de espanto que le puso el cuño a su intento, aquello era robo al descaro y en un segundo le fue arriba la mitad de la cola y le cayeron a piñazos mientras lloraba como una puta, otros se metieron en la bodega a empujones para asaltarla pero no pasaron de la entrada del almacén del que solo se veía la puerta detrás del mostrador porqué la mujer del bodeguero tenia un machete en la mano y estaba escarrancha cerrando el paso, no quería que se viera lo que había detrás de ella pero una de las negronas le metió un galletazo que la tumbo de una y los asaltantes corrieron detrás de ella para encontrarse que en medio del almacén Tómasito y su mujer se dedicaban a "aumentar" el café con borra ya usada que secaban y machacaban de nuevo para mezclarla con el polvo que llegaba y así cuadrar el negocio. Agregando también chicharos con gorgojos que allí mismo tostaban y molían.

Lo que salvo a la pareja que terminaron meaos y cagaos en el medio de la calle fueron los guajaros de la unidad de policía de Picota y Paula a los que un chivatazo alerto de la trifulca, cayeron como moscas dándole palos a tol mundo sin preguntar, a los pocos hombres que encontraron los cargaron para la estación mientras les seguían dando y a las mujeres las espantaron dándole palos en las piernas y empujones de los que no escapo ni la viejita aquella, la misma que dos meses después la saco de su casa medicina legal en una bandeja tapada con un nylon negro y que dejo una peste a podrido en la calle que tuvo a los vecinos vomitando una semana entera.

Después contaron los más chismosos y de buche más fuerte que fueron capaces de tumbar la puerta por el mal olor y entrar a la casa oscura que la encontraron en la cama, tirada boca arriba y con pedazos de papel en la boca de una revista vieja que tenia cerca, uno de los de medicina legal ni se inmuto en desmentir lo que algunos vecinos comentaron enseguida, que la mujer había muerto de hambre porque un día no tuvo fuerzas para salir a pedir ayuda o llamar a alguien. Sus tres gatos se la estaban jamando desde hacia días y un tipo enrrabiado alcanzo a matar uno con un palo. Esa noche los vecinos de arriba volvieron a forzar la puerta para quemar en el medio de la calle el colchón  lleno de gusanos vivos mientras en algunas casas empezaba la mesa redonda donde iba a hablar Fidel sobre el hambre en Haiti.

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